Callos compartidos

Cerca de Cuatro Caminos, Eugenio entra en la Taberna San Mamés y pide callos a la madrileña, como cada viernes. Mientras los come con auténtica devoción, contempla a la mujer de la mesa de enfrente que juega a quitarse los zapatos. Ya descalza, Eugenio ve que sus graciosos pies tienen callos. Chupa la pata de ternera a la vez que su mirada recorre las piernas de la mujer hasta pararse en su corta falda. Le gusta que le sirvan los callos bien cocidos y muy calientes, pero que la morcilla conserve su dureza. La mujer advierte la mirada de Eugenio y se sienta junto a él para compartir el menú. Ella le ofrece sus pies callosos, escaldados y limpios, y él le da de comer su sabrosa morcilla. Ambos saben a ajo, clavo, pimienta y laurel.

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